Autor: Gabriel Molinero
Bajo el puro y apacible cielo de los campos, otra vez un cuento de abejas…
Sí, nuevamente un cuento, un cuento de abejas, de cera y de miel. Y lo aclaro porque en el número anterior de Gaceta del colmenar (N° 657, edición digital), compartí con ustedes un texto de otra variedad literaria, un texto distante, muy distante, no sólo por el género, sino también por el tiempo y el espacio. Me refiero al poema de Virgilio, Geórgicas Libro IV, el cual, llamativamente -al menos para mí-, describe una escena que también se repite en el cuento que podrá leer más abajo. Dicha escena refiere a la cualidad que se atribuye a ciertos apicultores (al menos los antiguos) de atraer los enjambres mediante la emisión de un sonido, algo que considero sorprendente por la magia que representa. Al respecto propongo la siguiente convocatoria: Si usted posee esa cualidad, o conoce a alguien que la tenga, o escuchó alguna historia relacionada, le agradezco, si lo desea, me lo cuente por mail a gabrielmolinero@gmail.com, y quien le dice, tal vez esa historia sea materia prima para el próximo texto de Panal de letras. Por si no la leyó, o quiere recordarla, transcribo a continuación la estrofa que al respecto escribió Virgilio, hace unos 2000 años:
Luego, cuando veas arriba el enjambre recién salido del panal…
bogar en la límpida atmósfera estiva hacia los astros del cielo
y formar como una nube oscura admirable arrastrada por el viento,
observa las abejas: siempre buscan aguas dulces
y abrigos profundos. Esparce entonces allí los olores prescritos:
melisa molida y ceriflor, yerba ordinaria; haz sonar el bronce
y golpea los címbalos de la Madre por todo el lugar;
por sí solas las abejas se posarán en el sitio así impregnado,
por sí solas se encerrarán en las cunas secretas, según su costumbre.
Para finalizar esta breve presentación, le adelanto que en el cuento propuesto aquí, escrito por Enrique Otero D’ Costa en el año 1932 y ambientado en las montañas de Colombia, se encontrará con una narrativa costumbrista cargada de frescura, con rasgos ágiles, inocentes, nutrida de vocablos regionales -en algunos de ellos inserté hipervínculos que describen su significado- propios de la zona donde él vivió de niño y que, al parecer, recuerda con profunda nostalgia, nostalgia de paisajes, nostalgia de costumbres y, principalmente, nostalgia de amor.
Cuento y biografía extraídos de: https://www.ellibrototal.com/ltotal/?t=1&d=20163
Biografía del autor:
Enrique Otero D’ Costa nació en Bucaramanga (Colombia), el 25 de enero de 1883. Desde pequeño se dedicó al cultivo de la historia y de las letras, campos en los cuales se destacó a través de numerosas obras. Fue Académico de la Historia y de la Lengua.
Periodista desde muy tierna edad, dirigió en Bucaramanga «La Juventud» y «Ecos», publicaciones literarias de fines del siglo. Más tarde, en Cartagena, fue director de «La Patria», periódico político republicano, en asocio de Luís Carlos López y Gregorio Rueda, y en 1914 fue en esa misma ciudad, director del «Boletín de Historia». En Manizales, donde residió durante algunos años, dirigió el «Archivo Historial».
En su brillante trayectoria en la Academia Colombiana de Historia, institución a la cual perteneció como miembro correspondiente desde 1917 y como numerario desde 1924 y cuya presidencia desempeñó en varias ocasiones, fue director y permanente colaborador del «Boletín de Historia y Antigüedades», catedrático de los cursos superiores organizados por la Academia, director de la primera comisión preparatoria de la «Historia Extensa de Colombia», miembro de la Directiva del Museo Histórico Nacional y principal académico informante.
En reconocimiento de sus méritos fue objeto de muchas distinciones de carácter internacional, entre ellas la designación como socio correspondiente de la Real Academia de Historia de Madrid.
Se destacó también en los campos de la política y la economía, actividades que lo llevaron a ocupar cargos representativos en el Congreso Nacional.
Otero D’ Costa es igualmente conocido por sus cuentos y leyendas históricas, entre las cuales cabe mencionar en primer término al libro «Montañas de Santander (1932)», publicación de la cual proviene el cuento presentado a continuación.
El doctor Otero D’ Costa falleció en Bogotá, el 25 de agosto de 1964.
Las abejas de ñor Pabón
Cuento publicado en el libro Montañas de Santander (1932), del autor Enrique Otero D’ Costa
Y cuenta mi historia que hacia el occidente de nuestra casa de hacienda, aquel suntuoso occidente en cuyo lago de fuego se bañaba cada tarde el sol, hacia el occidente, digo, se alzaba la cabaña de ñor Pabón dominando el cerro de Morrorico con su hermoso techo de mapora y sus paredes encaladas.
Mi adorado sueño era escaparme de casa y subir, subir y subir hasta llegar a la cabaña y admirarla de cerca y conocerla a mi antojo. Mis ojos se extasiaban contemplándola desde el mirador de nuestra casa mientras me decía suspirando: ¡Quién pudiera volar!
Y la veía codiciosamente, destacándose sobre el espinazo de la sierra en un fondo de cielo azul que enmarcaban los vecinos árboles del bosque con sus ramas verdes.
El cielo azul… ese perenne cielo azul en cuyo espacio se veía de tarde en tarde la fina sombra de alguna tijereta vagabunda o la negra silueta de alguna guala pesquisidora que remontaba su vuelo perezosamente, contemplando, allá abajo, el risueño valle de La Honda…
¡Oh! ¡Quién pudiera ir allá, a la blanca casita rodeada de cielo azul y de verdes ramajes! Y fue el caso que una mañanita dominguera me escapé del hogar y furtivamente emprendí mi soñada odisea hacia aquellos hermosos parajes.
¡Diantre! ¡Cuán larga se me hizo la travesía! Cuestas escarpadas, rápidos descensos. Ya subiendo, ora bajando. El sol quemaba firme y los alegres toches improvisaban ruidosamente sus arias entre los ramajes. Yo revoloteaba por aquí y por allá, silbando, cantando y fantaseando por aquel camino agreste y oloroso, sombreado por las tupidas arboledas y arrullado por la campestre sinfonía que entonaba el vecino manantial.
Y así iba embargado en mis fantasmagorías, cuando hete que al atravesar un pequeño puente alzó el vuelo una mariposa celeste que hilaba sus sueños sobre las grandes hojas acuáticas. Me lancé en su persecución gorra en mano y ya le daba alcance cuando un súbito pensamiento me detuvo: ¿Será esta mariposita alguna bella hada encantada? Bien lo podía ser… Y en paz la dejé para que continuara soñando sus sueños azules sobre las grandes hojas del agua…
¡Hállome ahora al pie del cerro de Morrorico! ¡Valor, muchacho! ¡Sube la empinada cuesta, trepa sin desmayo! ¿Vacilas? ¡Acuérdate de la casita blanca que te aguarda con su fresca sombra de plátanos; acuérdate que conocerás al perro alborotador, guardián del gallinero contra los asaltos nocturnos de la fara; recuerda que vas a conocer a las gallinas copetonas y al gallo tornasolado que canta las horas bajo el silencio de las estrellas! ¡Animo, muchacho, que pronto verás a la bella Josefina y al colmenar, aquel hermoso colmenar ensordecido por el coro de las abejas y tantas y tantas cosas más de que te habló ñor Pabón en una tarde de verano…!
Gano la eminencia y columbro la cabaña del viejo Pabón. ¡Soy un héroe, un valiente niño! Me he fugado de casa, he corrido mil aventuras, he atravesado arroyos y montañas, he visto hadas encantadas y he escalado el cielo… ¡Cuánta dicha! Allá, a lo lejos, se veía la casa de la hacienda con sus tejados rojizos y su alegre chimenea, con sus arboledas umbrosas y sus verdes praderas esmaltadas de ganados negros, rojos y blancos.
A mano izquierda, el bosque misterioso con sus mil ruidos extraños; un ciéntaro real moduló su canto metódico y el choroló ensayaba sus notas solemnes y melancólicas entre los espesos ramajes. Y allá, cabe las nieblas del alto de El Fraile, el alto triste y solitario del cual me separaba una profunda y ancha hondonada, gritaba el guardián de un corral espantando el águila que venía tras de los pollos: ¡Ohé! ¡Ohé! ¡Uucuuu! ¡Uucuuu! ¡Uucuuu!, contesté desde mi atalaya y luego, gozoso al oir mi voz resonando estruendosamente en la vecina selva, repetí, con mayor fuerza haciendo bocina con las manos: ¡Uucuuu! ¡Ohé! Ñor Pabón, que había venido a recibirme, echábase cruces y reía bonachonamente. ¿Con que el patroncito andando por allí? ¡Je! ¡Je!, ¡tenía gracia la cosa!
Y fuimos a la cabaña y vi las gallinas copetonas y el gallo trasnochador. Y vi cerquita a la tijereta voladora y a la guala silenciosa que balanceaba sus sueños sobre el plácido valle de «La Honda». ¡Qué feliz era ñor Pabón y cuán ricamente se vivía allí!
¡Pí, pí, pí!, una cluecada de pollitos blancos como una nube pasó rocheleando junto a mí. Ñor Pabón hablaba sentenciosamente: –Son los pollitos de pasión. Se echa la nidada cuarenta días antes de la Semana Santa, y a la media noche del viernes santo revientan los cascarones y van saliendo todos los pollos blancos, blanquitos como un copito de algodón en memoria de la pasión y muerte de Nuestro Señor. Y cuando crezcan, los gallos cantarán ¡Cristo murióóó! Diverso de los gallos de colores que cantan con mucho garbo: ¡Cristo nacióóó!
¡Positivo! Mas para distinguir ese lenguaje se hacía preciso haber nacido y vivido bajo el puro y apacible cielo de los campos…
Huésped grato era yo allí. Las aves de la corraleja se me acercaban con cariño; el gato casero me cepillaba las canillas y hacía la rueca alegremente; los azulejos y cucaracheros entonaron sus más dulces trinos desde el vecino huerto. Solamente el perro «Nipororo» me recibió con hostilidad, ladrándome con furioso desespero. Mas ñor Pabón le arrimó un certero estacazo y el can, aullando, se refugió entre unas matas de altamisa desde cuyo observatorio persistió en su desconfianza enseñándome los dientes cuantas veces podía. Ya estamos en el colmenar. ¡Válgame Dios! ¡Y cómo zumbaban las abejitas y cuán listas eran! Las había de varias castas: allí las reales, las zaragozas, las angelitos, todas entrando y saliendo apresuradamente en los panales. ¿Eh? ¿Que salió un enjambre? Ñor Pabón corrió hacia la cabaña y regresó luego agitando con gran fervor una campañilla. ¡Tilín! ¡Tilín! ¡Tilín! Y todo el enjambre le fue siguiendo mansamente cual si fuera un dócil rebaño.
–¡Je!, ¡je!, ¡je!, reía el buen viejo: las abejas comprenden y siguen mi campanita; como ellas hacen la cera pa los cirios benditos y como los cirios son pa el altar ques onde se alza a Nuestro Señor al son de la campanita…
Aunque no interpreté cabalmente la curiosa explicación del buen viejo, la creí a pie juntillas y no me maravillé viendo cómo, siguiendo el son de la esquila, recogió ñor Pabón todo el enjambre que vino a formar una nueva colmena. ¡Cuán dichoso debía sentirse ñor Pabón con su bello colmenar!
Del lado del bosque se escuchó una voz argentina que se acercaba. ¿Quién sería? Quien sino Josefina, la menor y más bella hija del labriego que venía de la aguada con su botija sobre la cabeza. Asomó por una angosta senda que discurría entre la platanera, y al divisarme, cortó su canción.
–Santos y buenos días, díjome acercándose, y las letras salieron frescas y armoniosas de aquella boca color de fresa en sazón.
Y tras de breve andar éramos buenos amigos y hablando de mil cosas diversas me llevó a visitar el jardincillo donde me hizo el regalo de unas cuantas semillas y algunos tallos de plantas, para sembrar en mi jardín.
–Esta semillita es de San Joaquín; ésta, de amapola doble; ésta, de rabo de gallo; este tallito es de miniatura; esta semilla es de enredadera de cruz y esta otra de matricaria. ¿Conoce su merced el pasaje de la matricaria? ¡Verá! Pues fue una vez, cuando la Virgen vivía en Belén. Y cuenta y dice la historia que la Virgen le lavaba en una ocasión los santísimos pañalítos al Niño, y conforme los iba lavando, uno a uno los iba extendiendo a la orilla del riachuelo para que se secaran; y la orilla del riachuelo de Belén estaba poblada de una porción de matricarias florecidas y sobre ellas se secaban los pañalitos del Niño. ¡Por eso la matricaria huele a gloria.!
¡Oh! ¡No cabía duda! ¡Qué suavidad de perfume! Y ambos aspirábamos con fruición el exquisito aroma de las blancas florecillas… ¡Qué bella era Josefina y qué lindos cuentos sabía!
Josefina tomó de nuevo su botija y regresó hacia la aguada; su madre y hermanas habían bajado a la misa del lugar y la muchareja había quedado encargada de llenar los quehaceres domésticos.
Y como el sol iba ya alto, y nada más tenía que ver allí, me despedí del viejo Pabón y dándole un sentido adiós a aquellos sitios deleitosos, tomé la vuelta de mi casa no sin afrontar un último embiste del espantoso «Nipororo», quien se hallaba aguaitándome como a unos cincuenta pasos de la cabaña, emboscado en un yucal.
Proseguí el camino y cuando tomaba el descenso escuché la voz de Josefina que resonaba hacia el linde del bosque dejando salir de su garganta los dulces arpegios de los aires campesinos:
En el corazón del bosque
me vi con el cazador…
¡Oh! ¡La vieja canción de mis selvas nativas, la vieja canción! La música melancólica que brota del alma.
¡Oh, mi sierra lejana…!
Sentéme en un viejo tronco que yacía a la vera del senderito y me estuve allí quedo, muy quedo escuchando… hasta que la voz se escondió en las profundidades de la vaguada.
Bien entrada la tarde llegué a mi casa y entonces me tocó resistir valerosamente la tempestad que se desató sobre mi cabeza. No era para menos: los vestidos rotos, el rostro arañado con las zarzas del camino y, lo peor de todo: la horrible angustia que sembré en el hogar con mi fuga. ¡No hubo perdón y la tunda paterna fue harto regular!
Sufrí, a la verdad; mas, en cambio, ¡cuán bellos sueños tuve aquella noche! Los cielos y el bosque cerca de mis manos; las tijeretas rozándome el rostro con sus aletazos; las bellas hadas encantadas en forma de mariposas azules; los polluelos de pasión cantando entre las flores de matricaria y las abejitas de Dios siguiendo mansamente el vibrar de la esquila: ¡Tilín!, ¡Tilín!, como si estuviera pasando el Santísimo bajo el quitasol…
Y la más bella, la más delicada de todas las abejitas de ñor Pabón… ¡la dulce Josefina con sus grandes ojos, con sus frescos abriles despidiendo en torno un suave hálito de candor! Y su voz melodiosa resonando allá, en la profundidad de la hondonada, su voz argentina de virgen de la montaña cantando la vieja canción de notas melancólicas, de acentos tristes, la vieja canción del cazador (¿sería yo el cazador?):
En el corazón del bosque
me vi con el cazador…!
Cazador, afina el arma
Y tírame al corazón!







